Wednesday, March 2, 2016

Beyoncé, símbolo sexual del milenio

Hay una especie de pacto mundial a su favor, no hay manera de entrar a cuchillo contra Beyoncé. Si la atacamos por permitir e incentivar la cosificación de su cuerpo, descubrimos que lanza enjundiosas proclamas feministas que cierran el debate de un taconazo. Tampoco va de eterna teenagerenamorada del amor. Tiene letras que destapan y denuncian el racismo de la América profunda (aunque tampoco es Dylan en Oxford Town, no exageremos).

Norcoreano.Su voz suena a Diana Ross los días pares y a Tina Turner los impares. Pero, por poner un pero, tanta coordinación en sus movimientos, giros y meneos y tanta gimnasia deportiva le restan inspiración y dan a su coreografía un aire de desfile norcoreano que le baja a uno la libido artística. Yo, más melódico, prefiero sentir su Halo.

Dentelladas. Beyoncé se hizo un hueco a caderazos hace bien poco entre los soldados imperiales de la Superbowl y devoró de un par de dentelladas a Chris Martin (Coldplay), ese muchacho que acabará formando un trío con Los Pecos. Ella es el exceso, mujer superlativa que deja a los hombres como liliputienses, la Venus afroamericana que Botticelli debía haber pintado y que habría puesto de los nervios a Savonarola, aquel predicador coñazo.

Jungle Fever. No hay que engañarse con el juego que nos propone: muy a conciencia, se ha convertido en uno de los símbolos sexuales femeninos del milenio. Después del sadomadonnismoblanco y del pornopop de algunas petardas, llegó Beyoncé. Pronto se convirtió en la reina negra del Jungle Fever, esa atracción animal que siente una raza por otra y que Spike Lee, promotor del concepto, considera que siempre desembocará en fracaso de pareja e insatisfacciones por culpa de la maldita historia que nos separa a unos y otros. La alianza de las civilizaciones habría ayudado, pero nos la cargamos porque sonaba a algo blandurrio. Y así nos va.